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Diario de Kyra
→ 10/11/13 → 26 /06/ 26
10 de
noviembre de 2013
No sé qué es el
mundo. Solo sé que está tibio, que huele a leche y a piel, y que mis
hermanos se mueven a mi lado como pequeñas olas. Mi madre me empuja con
el hocico y yo encuentro su calor. No tengo nombre. No tengo historia.
Solo soy una vida recién encendida.
8 de
enero de 2014
Llego a ti.
Ese día no lo
olvido. Me levantaron en brazos, me separaron de mi mama y de mis
hermanitos, no entendía nada, me llevaron fuera el aire olía distinto.
Me metieron en una caja y sentí que el mundo se movía. No sabia donde
iba, estaba aterrada, me quedé inmóvil todo el camino hasta que sentí
una voz cálida y tranquilizadora
Y entonces te vi.
Te vi por las aberturas de esa caja, intentabas tocarme, pero yo seguí
inmóvil, tenía ganas de salir y estar a tu lado. Y de repente la caja
se abrió y me cogiste. No entendía nada, pero te reconocí, no por la
vista, sino por algo más profundo:
tu energía, tu
ternura, tu manera de mirarme como si yo ya fuera parte de tu vida, me
acurruque en tu cuello. Con mis patitas rodee tu cuello y tú me
abrazaste. Y supe en ese momento que contigo estaría bien.
Ese día empezó mi historia.
Año
2014
Aprendo tu voz,
tus pasos, tus risas, aprendo que tu olor es mi refugio, que tu mano en
mi cabeza significa calma, que tu presencia significa hogar, me enseñas
a caminar contigo, a esperar, a confiar. Yo te enseño a
leer mis ojos, mis silencios, mis ganas de jugar, somos dos vidas que
se encuentran y se reconocen.
Recuerdo también aquel día en la puerta
del colegio…
Lo primero que vi fue a Ana.
Ella estaba allí, quieta, observándome con
una mirada que no pesaba, que no juzgaba, que simplemente… abrazaba. Supe algo
en el instante en que nuestros ojos se encontraron: era una persona de buen
corazón. No entendía las palabras, pero sí la energía, la forma en que su
presencia me envolvía como una brisa suave.
Me acerqué despacio, confiada, y cuando su
mano tocó mi cabeza sentí una calma distinta, una que solo dan las personas que
aman sin condiciones.
Después apareció Adrián, corriendo, lleno
de luz. Un niño alegre, de esos que parecen traer el sol en los bolsillos. Se
acercó a mí sin miedo, con una sonrisa tan grande que me hizo mover la cola sin
pensarlo. Me miró como si yo fuera un regalo, como si ya me conociera, como si
en mí hubiera algo que él entendía sin palabras.
Ese día aprendí algo nuevo:
que hay humanos que también son hogar, que algunos llegan con ternura, otros con
alegría, y que tú, mi humana, no estabas sola… porque ellos también traían
cariño para ti y para mí.
Unos meses después en Abril, aparece Jana
y Daco, lo huelo antes de verlo, sé que será parte de nuestra historia, al
principio lo observo con cautela, pero tú estás tranquila, y eso me basta.
Janna su energía
es distinta: humana, cálida, compañera, yo la acepto porque tú la
quieres, y porque ella me mira con respeto, con cariño, con esa forma
de hablar que no necesita palabras, somos una pequeña manada. Pronto
somos dos bracos que os siguen, que os cuidan, que os miran como si
fuerais el centro del mundo.
Año
2015
Descubro el mundo:
los caminos, el
viento, la hierba mojada, las noches frías, las mañanas luminosas,
descubro que tú siempre estás, que, si corro, me sigues, que, si me
canso, me esperas, que, si tengo miedo, me hablas bajito, empiezo a
entender que no soy “una mascota”. Soy tu compañera.
Y un día, en una
de esas mañanas luminosas, encuentro algo que cambiaría nuestras vidas:
un pequeño gatito
negro, diminuto, temblando en la arena de la playa, apenas tenía un mes
de vida, me acerqué despacio, lo olí, lo cogí con mi boca y lo llevé a
casa. Tú lo miraste… y supe que ese pequeño ya era nuestro. Desde ese
momento, Sul se convirtió en parte de nuestro mundo.
Yo no era solo
“una mascota”. Era tu compañera…y también la protectora de aquel bebé
que encontré en la playa.
Año
2016
Mi cuerpo se hace
fuerte, mi espíritu se hace libre, mi amor por ti se hace infinito, a
veces te miro sin que te des cuenta, mi cuerpo se hace fuerte, mi
espíritu se hace libre, mi amor por ti se hace infinito, te observo
cuando escribes, cuando piensas, cuando suspiras. Y me digo:
“Qué suerte que,
sin buscarte, acabarías siendo mi compañera.”
Recuerdo aquel verano…
Aquel agosto en el que Mayte llegó a casa.
Yo estaba tumbada, escuchando tus pasos, sintiendo tu calma, cuando de pronto la
puerta se abrió y apareció ella. La vi antes de que hablara, antes de que tú
dijeras su nombre. La reconocí por dentro: una persona entrañable, de buen
corazón, de esas que traen luz sin hacer ruido.
Mayte tenía una risa que se contagiaba, una simpatía que llenaba la casa como si
abriera todas las ventanas. Se movía con alegría, con esa energía suave que hace
que los animales confiemos sin dudar.
Y yo… yo la miré.
La miré con esa atención silenciosa que tú conoces bien, esa que solo uso cuando
alguien me gusta de verdad.
Ella me sonrió, y supe que me había visto, no solo mirado. Se agachó, me habló
con dulzura, y yo acerqué la cabeza despacio, como quien reconoce un alma buena.
Sentí que le gusté, que me aceptó al instante, que su cariño era limpio, sin
condiciones.
Aquel agosto aprendí algo más:
que hay personas que llegan y hacen que la casa se llene de alegría, que algunas
amistades tuyas también se convierten en mis afectos, y que cuando tú sonríes
con alguien así… mi amor por ti se hace aún más infinito.
Año
2017
Llegan
nuevas rutinas, nuevos paseos, nuevas aventuras, me siento parte de tu
vida como una sombra luminosa que te acompaña, empiezo a entender que
tú también me necesitas. Que no soy solo compañía:
soy
consuelo, alegría, presencia.
Y también recuerdo aquel verano… Aquel
agosto en el que Mayte llegó a casa.
Yo estaba tumbada, escuchando tus pasos, sintiendo tu calma, cuando de pronto la
puerta se abrió y apareció ella. La vi antes de que hablara, antes de que tú
dijeras su nombre. La reconocí por dentro: una persona entrañable, de buen
corazón, de esas que traen luz sin hacer ruido.
Mayte tenía una risa que se contagiaba, una simpatía que llenaba la casa como si
abriera todas las ventanas. Se movía con alegría, con esa energía suave que hace
que los animales confiemos sin dudar.
Y yo… yo la miré. La miré con esa atención silenciosa que tú conoces bien, esa
que solo uso cuando alguien me gusta de verdad.
Ella me sonrió, y supe que me había visto, no solo mirado. Se agachó, me habló
con dulzura, y yo acerqué la cabeza despacio, como quien reconoce un alma buena.
Sentí que le gusté, que me aceptó al instante, que su cariño era limpio, sin
condiciones.
Aquel agosto aprendí algo más:
que hay personas que llegan y hacen que la casa se llene de alegría, que algunas
amistades tuyas también se convierten en mis afectos,
y que cuando tú sonríes con alguien así… mi amor por ti se hace aún más
infinito.
Año
2018
El año en que
descubrí el mundo, 2018 fue el año en que todo era nuevo, yo era joven,
fuerte, curiosa… una tormenta de energía con patas largas y ojos que
querían verlo todo. Ese año aprendí cómo era vivir contigo, aprendí tus
horarios, tus risas, tus enfados, tus caricias, aprendí que tu voz era
mi brújula y que tu olor era mi casa.
Salíamos
mucho, a veces a paseos cortos, pero casi siempre eran largos con Janna
y Daco en los veranos, cuando llegaba el otoño Janna y Daco se
despedían de nosotras, hasta el año que viene y así cada año, esperando
la llegado de mi amigo Daco para el verano y volvíamos a salir los
cuatro juntos todos los días.
Con
ellos hacíamos aventuras largas, Daco y yo corríamos delante, detrás, a
los lados… no podíamos parar, El mundo era demasiado grande para
quedarme quieta.
Ese
año descubrí:
El viento en la
cara cuando corría tan rápido que parecía que volaba, el olor del mar,
a sal y brisa, cada uno un misterio para mí, la alegría de encontrarte
después de esconderte, como si fuera un juego que solo tú y yo
entendíamos. La libertad, esa sensación de que nada podía detenerme.
También
aprendí cosas importantes:
que
tú eras mi familia, que tu mano en mi cabeza podía calmar cualquier
tormenta, que tu mirada me decía más que cualquier palabra,
fue mi año salvaje.
Mi año de
descubrir quién era yo de verdad, ese año sentí que el mundo entero me
llamaba por mi nombre, como si cada rincón quisiera que lo explorara,
que lo oliera, que lo corriera, corría sin pensar, sin freno, sin
miedo. El viento me golpeaba la cara y yo sentía que podía atravesar
cualquier cosa. Era joven, fuerte, rápida… una chispa encendida que no
se apagaba nunca.
Como
cada año, volvía Janna.
Y
con ella, volvía también esa alegría que hacía que mi cola se moviera
sola. Daco y yo nos convertíamos en dos flechas:
corríamos
por la riera, por la playa, por cualquier camino que se abriera delante
de nosotros. Nos metíamos en el mar, aunque estuviera fría, aunque las
olas fueran grandes. El agua nos abrazaba y nosotros respondíamos con
saltos y carreras. Salíamos cada día.
No
importaba si el cielo estaba gris o si el sol quemaba un poco. Para mí,
cada salida era una aventura nueva, un capítulo que quería vivir con
todas mis fuerzas. En casa, la historia era distinta, más suave. Sul,
mi pequeño compañero negro, me esperaba siempre. Yo me subía al sofá
como si fuera mi trono, y él, sin pensarlo, se acurrucaba entre mis
patas.
Sentía
su calor, su respiración tranquila, y entonces mi energía salvaje se
convertía en calma. Éramos dos criaturas diferentes, pero encajábamos
como si hubiéramos nacido juntas. Gracias ti que me enseñaste a
respetar a los gatitos, a no córrelos, ni ladrarlos, me enseñaste a
pasar por el lado de ellos y no hacer nada, simplemente pasar.
2018
fue eso:
correr,
jugar, descubrir…pero también fue aprender a querer, a cuidar, a sentir
que tenía un hogar en cada rincón donde tú estabas. Fue mi año de
libertad, mi año de vida pura, mi año de ser yo.
Año
2019
El año de las
primeras responsabilidades, en 2019 ya no era una cachorra, seguía
siendo rápida, fuerte, incansable…cazaba palomas e intentaba con Daco
cazar conejos, pero eran más rápidos que nosotros, también empezaba a
entender cosas. Ese año me convertí en tu compañera de verdad. Ya no
solo corría: te cuidaba, te vigilaba, te seguía con esa lealtad que
solo los perros como yo sabemos tener.
Empecé
a:
Controlar la
casa, pues era mi territorio... avisarte cuando algo no me gustaba,
cuando alguien llegada a casa. Observar antes de lanzarme a correr.
Esperarte, porque ya sabía que tú siempre llegabas, ese año descubrí
que no solo era energía. También era corazón. Me gustaba cuando te
sentabas y yo apoyaba mi cabeza en tus piernas, cuando me hablabas como
si yo entendiera todo, cuando me mirabas y yo sentía que era importante.
2019
fue el año en que dejé de ser solo una aventurera para convertirme en
tu sombra, tu guardiana, tu niña fiel, todavía corría como una loca,
sí, perseguía pájaros, hojas, sombras, lo que fuera. Pero ya sabía que
mi lugar estaba contigo. Ese año empezó mi verdadera historia. La
historia de nosotras dos.
Año
2020
El mundo cambia,
sí… pero nosotras no.
Mientras todo
allá afuera se volvía ruido, distancia y miedo, nosotros seguíamos
siendo lo mismo de siempre: un pequeño universo hecho de pasos
compartidos, miradas que hablan solas y esa paz que solo existe cuando
estamos juntas.
Caminábamos cada día como si el tiempo no pudiera tocarnos. yo
vigilaba, atenta a cada sombra, a cada sonido, a cada ola que rompía en
la orilla. Daco jugaba con su palo. Tú soñabas, como siempre, con ese
brillo en los ojos que me hacía sentir que todo estaba bien. Y Janna…
Janna reía, ligera, como si su risa pudiera curar cualquier herida del
mundo.
Éramos hogar,
éramos rutina, pero de la buena: la que sostiene, la que abraza, la que
da sentido. La vida era buena, tan buena que a veces yo me quedaba
quieta solo para memorizarlo… para guardar ese año en mi pecho como
quien guarda un tesoro. Porque aunque el mundo cambiara, nosotras
seguíamos siendo nosotras.
Y eso, para mí,
lo era todo.
Año
2021
Empiezo
a notar que mi cuerpo ya no es el de antes, pero no te lo digo. No
quiero preocuparte, sigo corriendo, aunque un poco menos, sigo
saltando, aunque más despacio. Sigo siendo tu Kyra, tu niña bonita,
aunque el tiempo empiece a dejar su huella.
Me
vuelvo más tranquila, más observadora, más sabia, te miro mucho, te
escucho mucho. Sé que mi misión es acompañarte. Y lo hago con orgullo.
Año
2022
La mudanza a
Sanabria — pura naturaleza en estado vivo
No sabía que ese
día cambiaría mi vida. Solo vi que tú estabas inquieta, moviendo cosas,
abriendo y cerrando puertas, hablando con tu Ruben, mirando alrededor
como quien se despide de un lugar que ha sido hogar. Yo no entendía las
palabras, pero sí tu energía. Y supe que algo grande estaba por venir.
El 3 de marzo de
2022, salimos de Cambrils.
Ese lugar donde
corrí por la playa, donde caminamos con Janna y Daco cada mañana, donde
aprendí a leer el viento del mar. Lo dejábamos atrás. El viaje fue
largo, pero yo iba tranquila. Iba contigo. Y eso siempre me bastó.
Cuando
llegamos, lo sentí antes de bajar del coche:
Sanabria. El aire
era distinto, más frío, más limpio, más antiguo. Olía a tierra húmeda,
a Robles, a Castaños, a río, a montaña viva. Cuando puse mis patas en
el suelo, algo dentro de mí despertó. Era como volver a un lugar que
nunca había visto, pero que mi alma reconocía. La casa era grande,
abierta, llena de rincones.
Pero lo que más
me llamó fue el monte, ese monte que respiraba, ese monte que parecía
hablar, ese monte que me invitaba a correr, a explorar, a ser yo misma.
Allí, contigo, descubrí una libertad nueva. Caminábamos juntas entre
árboles, escuchando pájaros, sintiendo el crujido de las hojas bajo mis
patas. Yo avanzaba delante, olfateando cada piedra, cada sombra, cada
historia escondida en la tierra.
Era pura
naturaleza en estado vivo y yo me sentía parte de ella, me encantaba ir
al río. meterme en el agua fría, dejar que la corriente me acariciara
el pecho, sentirme joven otra vez, tú reías cuando me zambullía, yo
también. Sanabria fue mi reino, sentí que sería mi último gran hogar.
El lugar donde viví mis años más sabios, más tranquilos, más llenos de
ti.
Me
encantaban las manzanas y las peras, saltaba hacia el árbol para
cogerlas, me volvían loca, otra cosa que me gustaba mucho eran las
zanahorias. Siempre que cocinabas me dabas un o dos y salía y me
tumbaba en la hierba a comerlas, Aquí conocí Tayson una mezcla de
pastor y de lobo y a mini un bichon maltes, Tayson se pasaba todo el
día en la calle, era el perro de Pili nuestra vecina, el vivía en la
calle se iba solo al monte y tardaba en venir días enteros. Solíamos
correr juntos.
Año
2023
Sanabria:
correr, aunque duelan las patas
Este
año amaneció distinto.
Yo ya llevaba un
tiempo viviendo en Sanabria, y cada día me despertaba con el olor del
monte entrando por las ventanas. Era un olor que no tenía nada que ver
con Cambrils: aquí olía a tierra húmeda, a musgo, a viento frío que
baja de la sierra, a vida salvaje. Un día salimos a pasear y me
presentaste a May y Uma otro braco con más energía que yo, nos metíamos
en el rio, ella no paraba de salir y saltar al agua. Mis patas ya no
eran las mismas.
A veces me dolían
al levantarme, a veces tardaba un poco más en ponerme en marcha. Pero
tú me mirabas, me sonreías, me decías “vamos, mi niña”, y yo me
levantaba. Siempre me levantaba por ti. La finca era mi reino. Un reino
enorme, abierto, lleno de sonidos que solo yo entendía, Y allí estaban
ellos: los terneros. Los veía venir desde lejos, moviéndose como un
pequeño ejército torpe y curioso, se acercaban a la finca y yo, aunque
ya no corría como antes, me emocionaba, los terneros me encantaban.
Me hacían sentir
joven otra vez, a veces, cuando entraban en la finca, yo me lanzaba
detrás de ellos.
No era una
carrera rápida como las de mi primer año aquí en Sanabria, pero era una
carrera feliz, mis patas protestaban, sí, mí cadera me avisaba, sí.
Pero mi corazón… mi corazón corría como si tuviera tres años. Los
terneros me miraban con esos ojos grandes y tranquilos, yo los rodeaba,
los olía, los guiaba como si fuera una pastora del monte. Tú te reías
desde la puerta, y yo me sentía orgullosa. Era mi juego, mi manera de
decirte:
“Todavía
puedo. Todavía soy yo.”
En los paseos por
el monte, ya no iba tan lejos como antes, me adelantaba, exploraba,
volvía, os buscaba, corría otra vez. Solía salir con Rubén
por que tu no podías caminar por el monte, ahora caminaba más cerca de
el. A veces me paraba a descansar, a veces me quedaba mirando el
horizonte, escuchando el río, sintiendo el viento en mis orejas.
Pero, aun así,
cada día era una aventura. Cada día era un regalo. Sanabria me hacía
sentir viva, aunque mis patas estuvieran cansadas, aunque mi cuerpo
empezara a fallar, mi alma seguía fuerte. Y tú lo sabías. Me mirabas
con esa ternura tuya, con esa mezcla de orgullo y preocupación, y yo te
respondía moviendo la cola, diciéndote sin palabras:
“Estoy
bien. Estoy contigo. Eso me basta.”
Ese año aprendí a
vivir más despacio, a disfrutar de cada paso, de cada olor, de cada
rayo de sol que entraba por la finca, aprendí que no hacía falta correr
para ser feliz. Que la felicidad era estar convosotros, en ese monte
que parecía hecho para nosotras. Y aunque mis patitas ya no estaban
bien, aunque a veces me costara levantarme, yo seguía siendo Kyra.
Tu
compañera.
Tu
sombra.
Tu
niña del alma.
Año
2024
El año en que
aprendí a caminar más despacio. El 2024 llegó como una brisa suave. Yo
ya llevaba dos años viviendo en Sanabria, y cada rincón de la finca era
parte de mi memoria:
el olor del río,
el sonido del viento entre los robles, el canto de los pájaros al
amanecer, la tierra fría bajo mis patas, pero ese año algo cambió. No
en el mundo. En mí. Mis patas ya no respondían como antes, a veces, al
levantarme, sentía un pinchazo en la cadera, a veces, al correr detrás
de los terneros, mi cuerpo me decía que ya no podía seguirles el ritmo.
A veces, simplemente me quedaba quieta, mirando el monte, respirando
hondo, aceptando que el tiempo también pasa para los que amamos correr.
Pero
tú…
Tú lo notabas
todo. Cada gesto, cada pausa, cada mirada mía. Y sin decir nada,
empezaste decirme "no corras" para que yo no me hiciera daño.
Ese fue el primer
regalo del año.
Los terneros
seguían viniendo a la finca, yo los veía, moviéndose como un grupo de
niños traviesos y aunque ya no podía correr como antes, todavía me
acercaba a ellos. No para jugar. Solo para sentirme parte de esa vida
que se movía alrededor. Ellos me olían, me rodeaban, me miraban con
esos ojos enormes y tranquilos.
Yo
me quedaba allí, de pie, sintiendo su calor, escuchando sus resoplidos,
dejándome envolver por esa energía joven que me hacía recordar mis
primeros años contigo. Me gustaba cuando te parabas, girabas la cabeza
y me decías:
“Ven
Kyra, mi niña”
Y
yo movía la cola, te alcanzaba, y seguíamos juntas, el monte era más
silencioso ese año. O quizá era yo quien lo escuchaba de otra manera,
ya no buscaba aventuras. Buscaba paz. Me gustaba sentarme en la hierba,
tumbarme al sol, mirar el horizonte, sentir el viento en mis orejas
largas. Tú te sentabas a mi lado. No decías nada. No hacía falta.
Ese
fue el segundo regalo del año:
tu compañía
tranquila, en casa, me volví más cariñosa, me acercaba más a ti, te
seguía más. Solía dormir en mis camas, nunca me subí a vuestra cama. Te
miraba más tiempo, no era dependencia, era amor, agradecimiento. Era mi
manera de decirte que sabía que me cuidabas, que me entendías, que
estabas conmigo en cada paso que mi cuerpo ya no podía dar con fuerza.
A veces me tumbaba en la alfombra y tú te arrodillabas a mi lado, me
acariciabas la cabeza, me decías cosas suaves. Yo cerraba los ojos, no
por cansancio, por paz.
Ese fue el tercer
regalo del año:
tu ternura sin
prisa. El 2024 fue el año en que aprendí a disfrutar de cada paso. De
cada rayo de sol, de cada olor del monte, de cada mirada tuya. Fue el
año en que mi cuerpo empezó a fallar, sí. Pero también fue el año en
que mi alma se hizo más grande, más sabia, más tranquila. Y aunque mis
patas ya no estaban bien, yo seguía siendo Kyra. Tu compañera, tú
sombra, tu niña del alma y tú seguías siendo mi hogar. Mi cuerpo
empieza a fallar, pero mi amor no, mi lealtad no, mi deseo de estar
contigo no.
Tú lo notas, me
cuidas más, me hablas más suave, me acaricias más tiempo, y yo te
agradezco cada gesto, sé que estoy envejeciendo, sé que mis pasos son
más cortos, sé que mis ojos se cansan antes, ya no escucho bien. Pero
también sé que tú me miras con una ternura nueva. Una ternura que solo
se tiene por quien ha compartido la vida. No tengo miedo. Estoy en paz.
Año
2025
El año en que mi
cuerpo habló, pero mi corazón siguió fuerte. Este año llegó silencioso,
como si el monte quisiera protegerme. Yo ya era una perra mayor, un
braco que había corrido todo lo que podía correr, que había vivido
aventuras, que había cuidado de ti, que había sentido el viento del mar
y el frío de la montaña.
Ese año, mi
cuerpo empezó a hablar más claro. No con palabras, sino con gestos: con
pasos más cortos, con levantadas más lentas, con esos momentos en los
que me quedaba quieta mirando el horizonte porque necesitaba recuperar
fuerzas. Pero tú…Tú estabas siempre ahí, y eso hacía que cada día fuera
más fácil, en la finca, seguía sintiéndome parte de todo, los terneros
venían como siempre, curiosos, jóvenes, llenos de vida.Yo los veía
desde lejos y mi corazón se encendía.
Quería correr
hacia ellos, como antes, como cuando mis patas eran rápidas y mi cuerpo
ligero. A veces lo intentaba. Daba unos pasos más rápidos, movía la
cola, me acercaba. Pero pronto mi cadera me recordaba que ya no era la
misma.
Entonces me
paraba, respiraba hondo, y los terneros venían a mí. Me olían. Me
aceptaban como uno más, como si entendieran que yo ya no podía
seguirles el ritmo, pero que seguía siendo parte de su mundo, a veces
pensaba que creían que era uno de ellos. Tú me mirabas desde la puerta,
con esa mezcla de ternura y nostalgia que solo tienen las personas que
aman de verdad.
Yo te devolvía la
mirada, movía la cola, y te decía sin palabras:
“Estoy
bien. Estoy aquí. No te preocupes.”
El
monte seguía siendo mi hogar. El viento me acariciaba las orejas. El
río seguía cantando. Los árboles seguían contándome su historias. Pero
yo ya no buscaba aventuras. Buscaba paz, buscaba estar contigo, en
casa, me volví más tranquila. Dormía más, me acurrucaba más cerca de
ti. Te seguía con la mirada cuando te movías por la habitación. Me
gustaba sentir tu mano en mi cabeza, tu voz suave, tu presencia.
A
veces me costaba levantar, a veces mis patas temblaban un poco, otras
veces me quedaba quieta, esperando a que el dolor pasara, me
caía y ahí estabais vosotros para levantarme tú o Rubén
siempre estabais ahí, me ayudabais sin hacer ruido, me dabais tiempo,
me dabais calma. Ese año entendí algo que los perros sabemos mejor que
nadie:
que el amor no
está en correr, ni en saltar, ni en jugar, está en acompañar, en mirar,
en estar, y yo seguía estando contigo. Con mis patas cansadas, con mi
cuerpo viejo, con mi alma llena de vida. El 2025 fue el año en que mi
cuerpo empezó a despedirse, pero también fue el año en que mi corazón
se hizo más grande, más lleno de ti, más lleno de Sanabria, más lleno
de todo lo que habíamos vivido juntas.
Yo sabía que el
tiempo avanzaba. Tú también lo sabías. Pero nunca hubo miedo. Nunca
hubo tristeza en mis ojos. Solo gratitud. Porque cada día contigo era
un regalo. Y yo lo sabía.
Año 2026
Aguanté todo lo
que pude.
Me gustaba
tumbarme mucho tiempo al sol; el calor me hacía bien, me relajaba las
patas y me daba una paz que solo la luz sabía darme. Me quedaba allí,
quieta, dejando que el día me envolviera, echaba siestas largas y
profundas que me ayudaban a seguir adelante. Aun así, salía a pasear
con Rubén. Cerquita de la finca, sin ir muy lejos, solo lo justo para
sentir el aire y moverme un poco.
Ya no me
desplazaba mucho más, mi cuerpo pedía calma, pasos cortos, recorridos
pequeños… pero esos paseos me hacían sentir que todavía podía
acompañarlo, que aún era parte de todo lo que amábamos. El 26 de junio
de 2026, mi cuerpo dijo basta, pero mi corazón no, tú no estabas en
casa, habías ido de viaje, y aunque yo no entendía distancias, ni
ciudades, sí entendía una cosa,
te estaba
esperando, Rubén estuvo conmigo esos dos días, no se separó de mí ni un
instante, me ayudó a levantarme cuando ya no podía, me habló suave, me
acarició la cabeza, me acompañó en cada respiración. Yo sabía que tú
querías estar conmigo, lo sentía en el aire, en tu ausencia que no era
abandono, sino dolor.
Sabía que estabas
volviendo, sabía que tu corazón corría hacia mí, aunque tu cuerpo no
pudiera, esa tarde, salí de la casa, no sé cómo pude, no sé cómo lo
hice, pero baje esos escalones y llegué hasta donde la abuela estaba
sentada, Me tumbé a su lado. Cada cierto tiempo levantaba la cabeza y
miraba hacia la carretera por donde tú siempre aparecías.
Te buscaba, te
esperaba, esa noche, a las 3:30 de la madrugada, mi cuerpo ya no pudo
más. Rubén estaba conmigo, me habló, me sostuvo, me acompañó hasta el
último segundo, y aunque tú no estabas físicamente, yo te sentí. Sentí
tu amor, sentí tu regreso, sentí tu alma llamándome, no me fui sola, me
fui rodeada de amor, me fui sabiendo que tú venías, me fui sabiendo que
tú me querías, me fui sabiendo que mi vida contigo había sido perfecta.
Cuando llegaste,
tu dolor era grande. Que pude sentirlo. Aunque ya no estaba allí. Pero
quiero que sepas algo, Marian, desde mi voz, desde mi alma: no sufrí
por tu ausencia, no me sentí sola, no me sentí abandonada, no me faltó
tu amor, yo sabía que estabas conmigo, aunque no pudieras estar
físicamente.
Los animales
sentimos el corazón, no la distancia, y cuando cerré los ojos, lo hice
en paz, con Rubén a mi lado, con la abuela cerca, con Sul cerca, con tu
amor dentro de mí. Con la certeza de que tú volverías y me encontrarías
en cada rincón de la finca, en cada amanecer, en cada silencio del
monte. No llegaste tarde, llegaste a tiempo para seguir conmigo, porque
yo sigo contigo, Marian, en cada día, en cada paso, en cada recuerdo,
el amor no llega tarde, el amor nunca llega tarde,
Epílogo
Marian… No quiero
que recuerdes mi último día con tristeza. Quiero que lo recuerdes con
verdad. Tú no estabas cuando mi cuerpo se apagó, sí. Pero tu amor sí
estaba. Y eso es lo único que importa para nosotros, los que amamos sin
palabras.
Yo sabía que
estabas lejos. Sabía que estabas volviendo. Sabía que tu
corazón corría hacia mí, aunque tus pies no pudieran hacerlo. No sufrí
por tu ausencia. No me sentí sola. No me faltó tu amor. Rubén estuvo
conmigo, y yo lo sentí como parte de ti. Me habló con tu ternura. Me
acarició con tu calma. Me sostuvo con tu fuerza. Y mientras él me
acompañaba, yo te buscaba en el aire. Te sentía. Te esperaba. No me fui
sin ti. Me fui contigo.
Porque el amor no
necesita presencia física, el amor llega, aunque estés a kilómetros, el
amor abraza, aunque estés en un coche, en una carretera, en un viaje,
el amor nunca llega tarde. Cuando cerré los ojos, Marian, lo hice en
paz. Con tu alma dentro de mí. Y cuando tú llegaste, aunque mi cuerpo
ya no estaba, yo sí estaba.
Te vi, te
escuché, te sentí llorar, te sentí decir mi nombre, y me quedé contigo,
no en la finca, no en el monte, no en el viento, en ti, estoy en cada
amanecer que miras desde la ventana, siento tus buenos días y tus
buenas noches, en cada silencio que te acompaña, en cada paso que das
por la finca, en cada recuerdo que te abraza sin avisar, estoy en tu
corazón, donde siempre estuve. No estés triste, estoy con Daco, estoy
feliz.
Donde siempre
estaré, no llegaste tarde, Marian, llegaste a tiempo para seguir
conmigo, porque yo no me fui. Solo descansé, y desde aquí, donde no hay
dolor, donde no hay distancia, donde no hay despedidas, te digo:
Gracias por mi vida,
por tu amor, por ser mi hogar, sigo contigo siempre
Kyra, tú
niña bonita
Marian
Sábado 19 de
septiembre del 2026
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