El Niu del Àguila

 

Aquel día en el Niu del Àguila fue uno de esos que se quedan para siempre.

El inicio del camino

Salimos temprano. Jana conducía, como siempre que quiere cuidar de todos. Marian iba a su lado, con esa energía tranquila que me hace sentir segura. Yo iba detrás con Daco, mi compañero inseparable. Él siempre se acomoda cerca de mí, como si su presencia fuera una manta que me cubre.

El coche avanzaba hacia Alcover, y yo olía el aire que entraba por las ventanas: pinos, tierra caliente, verano. No sabía exactamente a dónde íbamos, pero sentía que sería un día grande.

Cuando llegamos a la Ermita del Remei, bajamos del coche. El sendero empezaba allí: 8,8 kilómetros de naturaleza, rocas, sombra y luz. El desnivel era fuerte, 308 metros, pero yo estaba emocionada. Daco también. Él siempre camina como si el mundo fuera suyo.

Subimos por las rocas, despacio, con cuidado. Había tramos donde el camino se estrechaba, otros donde el agua corría entre piedras, y otros donde el silencio era tan profundo que parecía un abrazo. Yo miraba a Marian, que avanzaba con calma. Miraba a Jana, que siempre se aseguraba de que estuviéramos bien, a Daco, que caminaba a mi lado como un guardián.

Llegamos a una de las piscinas naturales. El agua era clara, fría, viva. Yo me metí sin pensarlo. Daco le costó un poco más, tenía algo de miedo al agua, pero terminaba metiéndose, Sentí el agua abrazarme, sentí la piedra bajo mis patas, sentí el sol reflejarse en la superficie.

Marian y Jana nos miraban, riendo. Yo chapoteé, jugué, me sacudí. Daco se metió más despacio, pero cuando el agua le llegó al pecho, movió la cola como un cachorro.

Seguimos subiendo hasta la mitad del camino por que el camino se hacía más duro. Rocas grandes, tramos estrechos, pasos que pedían fuerza y equilibrio. Más arriba no pudimos seguir. Yo lo entendí.

A veces, el cuerpo dice “hasta aquí”, y eso también es sabiduría. Nos quedamos un rato allí, en un claro donde el aire olía a montaña y a agua. Yo me tumbé cerca de Marian. Daco se tumbó cerca de Jana. El silencio era perfecto.

Bajamos despacio hasta el merendero del Mas de Forès, disfrutando del camino. Cuando llegamos al Mas de Forès, el merendero nos esperaba bajo los árboles. Vosotras llevabais la comida. Yo me tumbé cerca, observando todo. Daco también. Había mariposas, y corrimos detrás de ellas. No para atraparlas, solo para jugar con el aire que dejaban detrás.

Tú reías. Jana hablaba bajito. El día era perfecto.

De regreso a casa, yo estaba cansada, pero feliz. Me acomodé en el asiento trasero junto a Daco. El motor arrancó, y el mundo empezó a moverse. Yo apoyé mi cabeza en su lomo. Él no se movió. Respiraba despacio, como si también estuviera guardando el día dentro de su pecho.

El camino hacia casa fue tranquilo. El aire entraba por la ventana. El sol bajaba. Tú hablabas con Jana. Y yo, con mi cabeza sobre Daco, pensé:

“Esta es mi manada.”

Marian

Jueves 24 de Septiembre del 2026

 

 

 

 

 

 

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