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Su
Vida...su Historia
Prólogo
Nunca vi a Kyra antes de
que llegara a mi casa.
No la elegí en persona.
No la conocí en una foto.
No la acaricié antes de que fuera mía.
Simplemente… llegó.
El 8 de enero de 2014 entró en mi vida como un regalo inesperado, como una
presencia que no sabía que necesitaba, como una luz que se encendió sin avisar.
Desde ese día, caminamos juntas durante 13 años y medio.
En Cambrils, en la playa, en los paseos con Janna, en las risas con Daco, en las
tardes tranquilas de casa.
Y después, en Sanabria, donde la naturaleza nos envolvió y Kyra se convirtió en
parte del monte, del viento, del río, de la finca, de los terneros, de todo.
El día que conocí a Janna y a Daco
Antes
de que Kyra llegara a mi vida, hubo un tiempo difícil. Un accidente de
tráfico me dejó herida por dentro y por fuera, y el pastor alemán Darko
que tenía entonces tuve que donarlo a un sargento de la Guardia Civil
del Pardo, por no poder atenderlo. Fueron años duros, de miedo, de
incertidumbre, de sentir que el mundo se había vuelto demasiado grande
para mí.
Un
día, paseando por la riera de Cambrils con una amiga y su perrito,
ocurrió algo que cambió mi destino.
Vi
a una chica joven, de mirada clara, acompañada por un perro enorme y
gris. Me asusté. Aquel animal parecía una sombra poderosa, un gigante
silencioso. Un Fantasma gris
Ella
sonrió y me dijo con una voz tranquila:
“No
tengas miedo, es muy bueno.”
Ese
fue mi primer encuentro con Janna y con Daco.
Y
gracias a Daco, Janna y yo nos hicimos amigas.
No
fue por la raza —aunque él era un Weimaraners precioso— sino por su
lealtad, su nobleza, su manera de caminar junto a ella como si
entendiera cada palabra, cada gesto, cada silencio.
Me
fascinó.
Me
tocó el alma.
Me
hizo pensar que quizá, algún día, yo también podría tener un perro así.
Pero aún no podía. El accidente me había dejado miedo, inseguridad, y
la verdad… los perros grandes me imponían. Intenté adoptar, pero
necesitaba un cachorro para poder educarlo desde cero, para sentirme
segura, para reconstruir mi confianza.
Y
entonces, como si el destino hubiera estado esperando el momento
exacto, apareció un chico de Valencia que tenía Weimaraners.
Me
habló de Nora una weimaraners, dulce, tranquila, de ojos azules, que en
enero del 2013 tendría cachorros. Y así fue como Kyra llegó a mí.
El
día que Kyra llegó a casa
El
8 de enero de 2014 amaneció frío, de ese frío que parece quedarse
suspendido en el aire como una respiración contenida. Yo esperaba a
Kyra con una mezcla de nervios, ilusión y ese presentimiento suave que
te avisa de que algo grande está a punto de entrar en tu vida. Había
nacido un 10 de noviembre del 2013. Tenía dos mesecitos.
Cuando
el mensajero llegó, traía un transportín pequeño, silencioso, casi
inmóvil. Me dijo que en todo el viaje —más de 300 kilómetros desde
Valencia hasta Cambrils— no había ladrado, ni llorado, ni protestado.
Era como si ella hubiera viajado dentro de un sueño, guardando su
energía para el momento en que nos encontráramos.
Firmé los papeles con
las manos temblorosas.
Abrí el trasportín.
Y entonces ocurrió.
Kyra
salió despacio, como si el mundo fuera demasiado grande para ella. Se
acercó con esa timidez valiente que tienen los seres que ya saben a
quién pertenecen. Apoyó sus dos patitas finas y tibias en mis hombros,
y me abrazó el cuello como si ese gesto fuera su manera de decirme que
ya éramos familia.
En
ese instante, sus ojos azules, tan limpios, tan nuevos, tan llenos de
vida se me clavaron en el alma. No miraban como mira un cachorro:
miraban como mira un ser que reconoce algo, como si en mí hubiera
encontrado un lugar seguro, como si supiera que ese abrazo sería el
primero de muchos, como si entendiera que su historia empezaba justo
ahí, entre mis brazos.
Sentí
su respiración temblar, sentí su cuerpo pequeño confiar en mí, y sentí
que ese momento —tan breve, tan simple, tan puro—se quedaría grabado
para siempre en mi corazón. Un abrazo verdadero.
Un abrazo del alma.
Después
empezó a gemir, suave, como si estuviera diciendo: “Ya estoy aquí, ya
te encontré.”
Ese
instante se quedó grabado en mí para siempre. Kyra era un torbellino
desde el primer día. Una energía limpia, alegre, imparable. Pero
también era sorprendentemente buena: nunca rompió nada, siempre hacía
pipí en su empapador, y cuando yo salía a comprar, ella tenía un ritual
que me derretía el corazón.
Cogía
una de mis zapatillas, la llevaba al revistero y se acostaba encima,
como si así pudiera sentirme cerca durante horas. Tres, cuatro… las
horas que hicieran falta. Su energía era tan grande que tuvo que salir
a la calle antes de tiempo. El mundo la llamaba, y ella respondía con
esa alegría que siempre la caracterizó.
A los siete meses
ocurrió otro momento que marcaría nuestras vidas:
La
primera vez que vio a Daco.
Janna
hacia unos días había llegado de la Republica checa y como hacíamos
cada vez que ella estaba en Cambrils íbamos a buscarla, llegamos a su
puerta y Janna y Daco salieron, él la revisó de arriba abajo, el olio,
como un guardián serio que evalúa a un torbellino recién llegado. Pero
hubo filin, un reconocimiento inmediato. Desde ese día fueron
inseparables.
Los
cuatro: Janna, Daco, Kyra y yo, recorriendo cada día 10 kilómetros por
la playa de La Llosa, dejando huellas en la arena que el mar borraba,
pero que el corazón guardaba.
Hicimos
excursiones El Niu de l'Àliga, es una famosa poza y ruta de senderismo
situada en el valle del río Glorieta, entre los pueblos de Alcover y
Mont-ral, en la provincia de Tarragona. También a la playa de la
Almadraba, es una extensa playa de arena fina y aguas tranquilas
situada en el municipio de Vandellòs i l'Hospitalet de l'Infant, al sur
de la provincia de Tarragona. Y como no podía faltar en nuestras
excursiones al pantano de Riudecanyes. Se encuentra a poca distancia
del pueblo de Riudecanyes y cerca de la sierra de l'Argentera y del
Castillo de Escornalbou, Siempre disfrutando del agua.
Kyra y Daco corrían
libres, persiguiendo palomas —alguna que otra atraparon— y
conejos que se escapaban entre los matorrales.
El
agua era su reino: a Kyra le encantaba más que a Daco, se metía sin
pensarlo, como si el mar fuera una extensión de su espíritu. Saltaba
las olas, no tenía miedo.
Kyra
tenía un don para encontrar tesoros: peluches, chupetes, objetos
perdidos que llevaba orgullosa en la boca. Yo siempre anunciaba por
fase que, si alguna mama había perdido un peluche que se pusiera en
contacto conmigo, no los rompía a no ser que ya estuviera muy viejos,
llegamos a casa y los dejaba en un cesto donde ella tenía todos los
peluches, un día trajo un lo guardo esto seria las 10 de la mañana y
cuando llego Ruben, le dije Kyra enséñale el muñequito a Ruben, fue al
cesto y cogió ese mucho para enseñárselo., he tenido muchos perros, a
todos los he querido mucho, pero como ella… Ella era especial
Un día encontró algo
distinto:
un gatito de apenas
un mes. Negro como el carbón. Lo cogió con
una delicadeza que solo tienen los seres que aman de verdad. Lo llevó a
casa, como quien trae un hallazgo precioso. Ese gesto decía todo de
ella. Pero eso es otra historia.
Kyra era mi niña.
Mi sombra.
Mi alegría.
Mi compañera perfecta.
La enseñe a no
perseguir gatos, a respetar, a escuchar. Y ella aprendió todo. Nunca se
acercaba a personas desconocidas ni a otros perros. Siempre corría con
Daco, siempre conmigo, y con Janna. Era el comienzo de una historia que
duraría 13 años y medio, llena de luz, de aventuras, de amor y de esa magia que
solo los animales especiales saben crear.
La
playa de La Llosa y el primer viaje a Sanabria
La
vida en Cambrils tenía un ritmo propio, casi musical. Cada día, sin
faltar uno, íbamos a la playa de La Llosa. Era nuestro ritual, nuestro
pequeño universo.
Kyra
y Daco corrían como dos flechas plateadas sobre la arena, cada uno con
un palo enorme en la boca, siempre compitiendo por ver quién encontraba
el más grande, el más largo, el más imposible de cargar.
A
veces parecían pelear, se mordían jugando, se empujaban, se revolcaban…
pero nunca había maldad. Era un lenguaje suyo, una danza de confianza.
Janna caminaba a mi lado, riendo, comentando cualquier cosa, mientras
yo los observaba como si fueran dos niños salvajes y felices.
La playa era su reino.
El mar, su aliado.
La arena, su hogar.
El
primer viaje a Sanabria
Ese año, 2015, llegó
un momento especial: el primer viaje de Kyra a Sanabria. Ella iba en el
coche sentada como una persona, atada, recta, expectante. Miraba todo.
Controlaba todo. Si alguien se acercaba al coche, Kyra fruncía el ceño,
se tensaba, se enfadaba un poquito. No hacía nada, pero avisaba.
Era protectora, era
lista, era mi niña.
Había algo más:
No soportaba ver a
nadie con casco o la cara tapada. No atacaba, no hacía daño, pero
ladraba, protestaba, como si dijera:
“Enséñame quién eres,
no me gustan las máscaras.”
Ese viaje fue un
descubrimiento para ella. Sanabria tenía otro aire, otro olor, otra
luz. Y Kyra lo absorbió todo. La verdad que lo pasamos muy bien, para
ella fue otra experiencia, otros olores
La mudanza: de un
piso a una casa
Antes
de Navidad, ese mismo año, llegó un cambio enorme: nos mudamos del piso
a una casa. Kyra llevaba dos años viviendo en aquel piso, con sus
rutinas, sus rincones, sus olores. Se crió en ese piso, nunca hizo
ruido, no llamo la atención, ni una queja de los vecinos, vamos como su
nombre indica era un fantasma gris.
Pero
cuando llegó a la casa…fue como ver a un alma liberada. Corrió por
todas partes. Subía y bajaba las escaleras como un rayo.
Exploraba cada habitación, cada esquina, cada sombra. Era como si
dijera:
“Esto es mío. Esto es
nuestro. Aquí voy a vivir aventuras.”
La casa se llenó de
vida en un solo día.
De pasos, de risas,
de ladridos, de energía.
Kyra la adoptó como
si siempre hubiera sido su hogar.
Sul,
el gatito negro y los inviernos sin Janna
El 2016 llegó con una
sorpresa que nadie esperaba.
Una
mañana, en la playa de La Llosa, mientras el mar respiraba despacio y
el aire olía a sal y a invierno, Kyra encontró un pequeño gatito negro.
Era diminuto, apenas un mes de vida, un puntito oscuro temblando entre
la arena. Kyra lo miró, se acercó con esa mezcla de curiosidad y
dulzura que tenía, y sin dudarlo lo cogió con su boca, suave, como si
llevara un tesoro frágil.
Lo llevó a casa. Ese
gesto lo cambió todo.
Sul y Kyra: un amor
inesperado
Desde
el primer día, Kyra no se separó de él. Lo vigilaba, lo cuidaba, lo
seguía. Se metía en su pequeña camita, aunque apenas cabía, solo para
estar a su lado. Se subían al sofá y dormían juntos, enroscados, como
si fueran dos almas que se habían encontrado en el lugar exacto.
Jugaban como si Sul fuera un perrito más. Corrían por el jardín,
perseguían la pelota, se escondían detrás de las macetas.
Sul imitaba todo lo
que hacía Kyra:
si
ella pedía que la taparas en invierno, él también se tapaba; si ella se
acomodaba en un rincón, él iba detrás. Eran inseparables. Un vínculo
puro, inesperado, perfecto.
Los
inviernos sin Janna y sin Daco
A finales de
noviembre, como cada año, Janna y Daco regresaban a la República Checa.
Y entonces nuestra
vida se quedaba en silencio.
Solo Kyra y Sul.
En casa estábamos
Rubén, David y mi mama, pero claro los paseos los dábamos nosotras y
seguíamos nuestro ritual:
recorrer
la playa de La Llosa cada día, aunque el viento fuera frío y el cielo
estuviera gris. Kyra se bañaba en el mar incluso en invierno, como si
el agua fuera su hogar natural. Y mientras caminábamos, pensábamos en
Janna, en Daco, en los días de verano, en las risas compartidas.
Solo
había una excepción: la lluvia.
Kyra
no soportaba la lluvia. Si llovía, se convertía en una alfombra. No
había perrita en casa. Se tumbaba, se quedaba quieta, como si el mundo
se detuviera. Yo la miraba y sonreía, porque incluso en esos momentos
era buena, tranquila, dulce.
Kyra,
siempre buena. En casa seguía siendo igual que cuando era cachorra:
obediente,
silenciosa, respetuosa. Nunca daba guerra. Nunca rompía nada. Nunca
protestaba. Era como si su energía salvaje se encendiera solo en la
playa, en el mar, en los paseos. Y en casa se transformará en calma, en
serenidad, en compañía pura.
La
vida que construimos y el adiós que nunca imaginé
Durante
muchos años, la vida tuvo un ritmo perfecto. Cada mañana, sin faltar un
solo día, salíamos a caminar por la playa de La Llosa. Era nuestro
ritual, nuestra manera de empezar el mundo. Yo iba a buscar a Janna y a
Daco a Cambrils, a unos tres kilómetros de donde vivía, y desde su casa
volvíamos caminando juntas, siempre por la playa, siempre con el mar
como testigo. Recorríamos casi todo el paseo a la vuelta yo me quedaba
para subir hacia mi casa y Janna y Daco seguían hasta Cambrils, así era
nuestro ritual de cada día
Kyra
y Daco corrían delante, cada uno con un palo enorme en la boca,
compitiendo por ver quién encontraba el más grande. A veces jugaban a
pelear, se mordían el cuello, se empujaban, pero nunca había daño. Era
su lenguaje, su forma de decirse que se querían.
Janna y yo
caminábamos detrás, hablando de todo y de nada, compartiendo
confidencias, risas, silencios. Éramos un pequeño mundo perfecto:
Janna, Daco, Kyra y
yo.
El
día que Janna dijo adiós
Hasta que un
noviembre, como siempre antes de irse a la República Checa, Janna me
dijo algo que me rompió el alma:
ya
no volvería a España.
Sentí
que el suelo se movía bajo mis pies. Mi amiga del alma, mi compañera de
paseos, de confidencias, de vida… se quedaba allí, lejos, en su país.
Era doloroso, pero también era su felicidad, y yo la respeté.
A partir de ese día,
Kyra y yo seguimos solas.
Caminábamos por los
mismos lugares, por las mismas playas, por los mismos caminos donde
antes íbamos las cuatro. Se les extrañaba mucho. Cada mañana era un
recuerdo.
La
mudanza a Sanabria: naturaleza en estado puro
Un día, mi esposo me
dijo que nos íbamos de Cambrils. Elegimos venirnos a Sanabria, pues
aquí nací yo era mi tierra y aquí esta la familia de mi padre
Y el 22 de marzo de
2022 nos mudamos a Sanabria.
Una
casa grande, en pleno monte. Naturaleza pura. Silencio. Vida salvaje.
Kyra se adaptó como si hubiera nacido para ese lugar. Con nueve años
seguía teniendo la misma energía de siempre.
Salía
conmigo al monte, corría entre los árboles, olía cada rincón, exploraba
cada sendero. Un día conocí a May una chica que tenia un braco de
Weimar Uma y nos hicimos amigas, salíamos a pasear con ella, sobre todo
al rio, porque, si Kyra era una loca del agua, Uma peor, locas se
volvían al ver el agua, íbamos a las galanas y llegaban ellas dos antes
que nosotras, cuando llegábamos ya estaban metidas en el agua.
Cuando
yo ya no pude caminar por una dolencia en mi rodilla, salía con Rubén,
feliz igual, con esa fuerza que parecía infinita.
Le encantaba ir al
río a bañarse.
Era su alegría.
Su ritual.
Su manera de decir
que seguía siendo joven.
Eso sí:
no le gustaba la
manguera.
Si la veía, se
enfadaba. Era su única manía. Sul seguía con nosotros, pero ya no lo
toleraba tanto. Él la buscaba, le mordía las patas o las orejas
jugando, y Kyra le gruñía, como diciendo:
“Ya no estoy para tus
tonterías.”
Cada año le celebraba
su cumpleaños. Le hacia una tarta de pollo y queso y le encataba
Era mi niña.
Mi
compañera.
Mi vida.
Ultimo
cumpleaños y el adiós inesperado
Quién
me iba a decir que después de su trece cumpleaños llegaría el final.
Que ese sería el ultimo cumpleaños que celebraríamos juntas. Hasta esa
fatídica fecha, ella se encontraba bien, a los 9 meses la esterilizamos
y todo perfecto, nunca estuvo enferma.
Ya
aquí en Sanabria solo una vez que la tuvimos que ingresar por una
pancreatitis, tres días en un hospital, parece ser que comió algo en el
monte, eso sí tenía que como oliera algo y no estuviéramos al tanto se
lo comía, pero sin embargo en casa nunca toco la comida ni la nuestra
ni la de ella, cuando le iba a dar de comer ella se sentaba y esperaba
mi orden de “come “
La
displasia de cadera lo llevaba bien, es mas cuando estaban los terneros
en la finca de al lado ella salía y se ponía a correr con ellos,
sabíamos que al tiempo esto le daría serios problemas, pero nunca
pensamos que fuera tan pronto, aunque es una raza que mas de 14 años no
suelen durar.
Llego
el fatídico día
El
24 de junio de 2026 yo viajé a Madrid. Cada año bajo dos veces a cas de
mi amiga Mayte y este día con más motivo pues habíamos quedado para
conocer a una prima mía Aileen, que vino de Cuba y vivía en Arganda,
Madrid, nunca nos habíamos visto y por fin llego el momento.
El
viernes llamé a mi esposo y le pregunté por ella. Me dijo que había
tenido que bajarla en brazos. Que no podía moverse Kyra nunca había
tenido problemas graves. Cojeaba un poco, sí, pero seguía siendo fuerte.
Ese día empezó a
empeorar. Cada hora estaba peor. Llamé al veterinario y me dijo que un
braco de esa edad, con esa dolencia, podía quedarse paralítico.
Habíamos quedado en ir el lunes para que la viera y veíamos que hacer.
Pero ese día nunca llego. Le dio paracetamol, algo le alivió, pero no
caminaba nada.
Mi esposo la dejó
dentro de casa y subió a las habitaciones. Nadie sabe cómo lo hizo,
pero Kyra salió afuera, bajo tres escalones, y fue a donde estaba mi
madre sentada. Se echó a su lado. La tuvieron que meter en brazos por
que se levanto fue a beber agua y se tumbo y ya no pudo levantarse,
dice mi esposo que Sul se sentó frente a ella mirándola, esta vez sin
incórdiala, solo sentado y mirándola estuvo así mas de media hora
Mi madre me dijo que
Kyra levantaba la cabeza de vez en cuando, mirando hacia el camino por
donde yo solía llegar.
Esperándome.
Buscándome.
Yo regresaba el lunes
Adelanté mi viaje, no
encontré ningún billete para volver, suerte que estaba mi hijo en
Madrid me trajo el domingo
Pero no llegué a
tiempo.
Esa
noche, la del 26 de junio del 26 a las 3:30 de la madrugada, Kyra
falleció. Fallo renal o algún tumor que tenía y no daba guerra y al
reventarse se mueren me dijo Alba su veterinaria.
No
pude estar con ella en sus últimos momentos. Ese es mi mayor dolor.
Mi
herida. Mi sombra.
Sé
que ella está bien, allá donde esté. Sé que no estuvo sola: mi esposo
estuvo con ella cada segundo. Sé que Kyra sabía que yo la amaba. Sé que
me buscó. Sé que me esperó. Pero el dolor de no haber podido estar allí…
Ese me acompaña cada
día. Kyra descansa en casa. La tenemos enterrada en la finca. Cada día
le doy los buenos días y las buenas noches. La he llegado a sentir sus
patitas corriendo por la casa, ese ruido tan particular que hacía
cuando corría por la tarima
Cada día le hablo.
Cada día la siento.
Ella está ahora con
Daco.
Felices los dos.
Corriendo libres.
Como siempre hicieron
en la playa de La Llosa, en Cambrils, en Sanabria, en cada rincón donde
vivieron.
Kyra fue mi niña.
Mi compañera.
Mi alegría.
Mi vida entera
durante trece años y medio.
Y este capítulo es su
historia.
Mi historia.
La historia de un
amor que no se rompe, ni con el tiempo, ni con la distancia, ni con la
muerte.
Epílogo
— Donde corren los que ya no tienen cuerpo
Dicen
que hay lugares que no pertenecen del todo a este mundo. Lugares donde
el tiempo se detiene, donde la bruma guarda secretos, donde las almas
que amamos siguen caminando, aunque ya no podamos verlas.
En Sanabria, cuando
el amanecer toca la hierba y el monte respira despacio, Kyra corre
todavía.
No la veo, pero la
siento. Es ese silencio cálido que aparece de repente. Ese movimiento
suave del aire cuando no hay viento. Esa presencia que te acompaña
cuando camino sola por carretera.
Kyra corre libre.
Corre con Daco.
Corre
como corría en La Llosa, con un palo enorme en la boca, orgullosa,
feliz, invencible.
Allí
donde están, no hay dolor. No hay displasia, no hay cansancio, no hay
noches largas. Solo luz. Solo campo abierto. Solo agua clara donde ella
se mete sin miedo, como siempre hacía.
Dicen que los
animales que nos aman no se van:
solo cambian de
forma. Se vuelven brisa, se vuelven memoria, se vuelven ese impulso que
te hace levantar la cabeza cuando estás triste.
Kyra se quedó conmigo.
En cada rincón de la
casa.
En la finca donde
descansa.
En el río donde se
bañaba.
En la playa donde
aprendió a ser feliz.
En la voz de Ruben,
de David, mi madre cuando me dijo que ella levantaba la cabeza
buscándote.
En
el abrazo que no pudu darle, pero que ella sintió igual. Porque el amor
no necesita presencia. El amor no entiende de distancias. El amor no
muere.
Kyra
sabía que la quería. Sabía que iba a volver. Sabía que mi corazón
estaba con ella aunque mi cuerpo estuviera lejos. Por eso se fue
tranquila, acompañada, cuidada, mirando hacia el camino por donde yo
siempre llegaba.
Ahora
corre con Daco. Los dos jóvenes, fuertes, eternos. Los dos esperándoos,
pero sin prisa. Porque allí donde están, el tiempo no existe.
Y
sé que cuando yo camino por la finca, cuando le doy los buenos días y
las buenas noches, cuando miro el monte y el cielo, ella me escucha.
Ella
me reconoce. Me acompaña. Kyra no se fue. Kyra solo cambió de sitio.
Ahora
vive en ese lugar donde corren los que ya no tienen cuerpo. En ese
lugar donde el amor es más grande que la vida.
En ese lugar donde
algún día, yo la podré ver corriendo hacia mí con sus dos patitas
abiertas, dispuesta a abrazarte el cuello como aquel 8 de enero de 2014.
Y entonces, por fin,
todo volverá a estar completo.
A
Kyra, mi niña del alma, mi compañera, mi sombra, mi luz.
A la
braco que llegó sin que yo la viera, pero que se convirtió en parte de mi vida,
de mi hogar, de mi corazón.
A ti,
Kyra, que me enseñaste a amar sin palabras, a caminar sin prisa, a escuchar el
silencio del monte, a entender que el amor no termina, solo cambia de forma.
Este
libro es tuyo. Y mío. Y de ese vínculo que nunca se romperá.
Marian
Miércoles 16 de
septiembre del 2026
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