La casa al lado del cementerio

 

La casa al lado del cementerio en Castro de Sanabria siempre fue un enigma. Desde que tengo memoria, la he visto erguida, con sus ventanas oscuras como cuencas vacías, observando el barrio. La gente susurraba historias sobre ella, relatos de sombras, lamentos y una presencia que helaba la sangre. Yo, como muchas jóvenes adultas, siempre me gustaba escuchar estas cosas. La casa, una imponente estructura de piedra, se alzaba justo al borde del cementerio. Las lápidas, cubiertas de musgo y olvido, parecían extenderse hacia la propiedad, como si quisieran reclamarla. La oscuridad, mi mayor temor, era palpable allí, una entidad que se aferraba a cada rincón, a cada grieta.

Un día, impulsada por una mezcla de aburrimiento y desafío, decidí entrar. La puerta, oxidada y entreabierta, me invitó a cruzar el umbral. El aire dentro era denso, cargado de un olor a humedad y a algo más, algo indefinible que me erizó la piel. La luz del sol, filtrada a través de las ventanas empolvadas, apenas lograba romper la oscuridad. Comencé a explorar. Cada habitación era un reflejo del abandono, con muebles cubiertos de sábanas blancas, como fantasmas esperando ser despertados. El silencio era sepulcral, roto solo por el crujido de la madera bajo mis pies y el latido acelerado de mi corazón. La oscuridad me acechaba, me envolvía, me susurraba al oído.

En el salón principal, encontré un viejo espejo. Me acerqué, atraída por mi propio reflejo. Pero lo que vi no era solo mi imagen. Detrás de mí, en la penumbra, vislumbré una figura. Una mujer, vestida con ropas antiguas, con el rostro pálido y los ojos hundidos. Me quedé paralizada, incapaz de moverme, mientras la figura se acercaba lentamente. El miedo, puro y visceral, me invadió. La oscuridad se intensificó, como si la casa misma estuviera respirando. Sentí un escalofrío que recorrió mi cuerpo, un frío que provenía de lo más profundo de mi ser. La mujer extendió su mano, una mano translúcida, y la oscuridad pareció atraparme.

Intenté gritar, pero mi voz se ahogó en mi garganta. Intenté correr, pero mis piernas se negaron a obedecer. Estaba atrapada, inmovilizada por el terror. La mujer, con una sonrisa macabra, me susurró algo al oído, palabras ininteligibles que resonaron en mi mente como un eco de la locura. Cerré fuerte los ojos estuve así minutos, se hicieron eternos, cuando los abrí estaba sola en esa habitación frente al espejo. Salí y no volví a entrar en esa casa. La experiencia me marcó para siempre. Desde ese día, la oscuridad se convirtió en mi peor pesadilla. Cada noche, al cerrar los ojos, veía la figura de la mujer, sentía su presencia, escuchaba sus susurros.

La casa de Castro, el cementerio, la oscuridad, todo se fusionó en un solo ente, un monstruo que me perseguía sin descanso. Intenté contar lo que viví, pero nadie me creyó. Me tacharon de loca, de soñadora. Pero yo sabía la verdad. La casa estaba allí, al lado del cementerio, esperando a su próxima víctima. Y la oscuridad, siempre la oscuridad, acechaba, lista para consumir a aquellos que se atrevieran a desafiarla. Ahora, cada vez que paso por la casa, siento su mirada, su presencia. La oscuridad me llama, me atrae. Y yo, con el corazón en un puño, sé que algún día, la oscuridad me reclamará.

 

Marian

Lunes 20 de Octubre del 2025

 

 

 

 

 

 

 
 

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