|
La criatura de las sombras
La niebla se aferraba al suelo del bosque
como una sábana húmeda, espesa y fría. El sol, un disco pálido y
difuso, luchaba por atravesarla, pero la niebla se negaba a ceder. La
búsqueda de David, un niño de cuatro años, había comenzado hacía horas,
y la desesperación se aferraba a los corazones de los padres como la
misma niebla.
David había desaparecido durante un picnic
familiar. Un instante de distracción, un juego de niños, y luego, el
vacío. La última vez que lo vieron, correteaba tras una mariposa,
adentrándose en el laberinto de árboles y sombras.
La policía, los voluntarios, los vecinos,
todos se habían unido a la búsqueda. Sus gritos, llamando el nombre de
David, resonaban en el silencio del bosque, ahogados por la espesura.
Las linternas, con sus haces de luz débiles, apenas lograban romper la
oscuridad, revelando solo troncos de árboles retorcidos y maleza
amenazante.
La madre de David, con el rostro surcado por
lágrimas, se aferraba a la mano de su esposo. Sus ojos, hinchados y
rojos, buscaban en cada rincón, cada sombra, con la esperanza de
encontrar a su hijo. El padre, con el semblante endurecido por el
miedo, caminaba con paso firme, llamando a David con una voz que se
quebraba a cada instante.
La noche cayó, y con ella, el terror. El
bosque, que antes parecía misterioso, ahora se transformó en un
monstruo oscuro y amenazante. Los sonidos de la noche, el crujido de
las hojas, el ulular de los búhos, se convirtieron en susurros
inquietantes, en ecos de una amenaza invisible.
Un grupo de voluntarios, liderados por un
experimentado guardabosques, se adentraron en la zona más densa del
bosque. El guardabosques, un hombre de rostro curtido y ojos
penetrantes, conocía los secretos del bosque, sus peligros y sus
misterios. Les advirtió sobre la posibilidad de animales salvajes, de
terrenos peligrosos, pero también sobre algo más, algo que no podía
explicar con palabras.
Mientras caminaban, el guardabosques sintió
una extraña sensación, una presencia, una mirada que los observaba
desde las sombras. Les pidió que se detuvieran, que escucharan. El
silencio del bosque, roto solo por el latido de sus corazones, se hizo
aún más profundo.
De repente, un grito desgarrador rompió el
silencio. Uno de los voluntarios, un joven inexperto, había tropezado y
caído en un pozo oculto por la maleza. El pozo, oscuro y profundo,
parecía tragarse la luz de las linternas.
El guardabosques, con una agilidad
sorprendente, se acercó al borde del pozo y miró hacia abajo. Lo que
vio lo dejó sin aliento. En el fondo, a oscuras, vio a David. Pero no
estaba solo. A su lado, una figura, alta y delgada, con una piel pálida
y ojos brillantes, lo abrazaba.
El guardabosques reconoció la figura. Era una
criatura de la leyenda local, un ser que habitaba en las profundidades
del bosque, un ser que se alimentaba de la inocencia de los niños.
El guardabosques, con la voz temblorosa, les
ordenó que se retiraran. Sabía que enfrentarse a esa criatura era una
sentencia de muerte. Pero no podía abandonar a David.
Con una determinación feroz, el guardabosques
se descolgó por el pozo, con una linterna en una mano y un cuchillo en
la otra. Los demás voluntarios, paralizados por el miedo, lo observaron
descender a las tinieblas.
El guardabosques llegó al fondo del pozo. La
criatura, al verlo, emitió un sonido profundo y grave. David, con los
ojos llenos de lágrimas, se aferraba a la criatura, como si fuera su
único refugio.
El guardabosques, con voz firme, le habló a
David, intentando calmarlo. Le dijo que estaba allí para rescatarlo,
que todo iba a estar bien. Luego, con un movimiento rápido y preciso,
atacó a la criatura.
La lucha fue breve y brutal. El
guardabosques, con su experiencia y su valentía, logró herir a la
criatura, que emitió un grito agónico y desapareció en las sombras.
El guardabosques, exhausto y herido, tomó a
David en brazos y comenzó a subir por el pozo. Los voluntarios, al
verlo emerger con el niño, estallaron en vítores.
David, aunque asustado, estaba ileso. Pero en
sus ojos, en su mirada, se podía ver algo más, algo que el
guardabosques reconoció: el miedo a la oscuridad, el miedo a lo
desconocido, el miedo a lo que acecha en las sombras del bosque.
La niebla, al amanecer, comenzó a disiparse.
El sol, finalmente, logró romper las tinieblas. Pero el bosque, con sus
secretos y sus misterios, siempre estaría allí, esperando, observando,
listo para reclamar a aquellos que se atreven a adentrarse en sus
profundidades. Y David, aunque a salvo, nunca olvidaría la noche en que
estuvo solo, en el bosque, con la criatura de las sombras.
Marian
Sábado 10 de Enero del 2016
|