El Hospital

 

El aire, frío y húmedo, olía a óxido y a un vago perfume de decadencia. Siempre salíamos juntas las cuatro, buscando emociones fuertes, atraídas por la leyenda urbana que circulaba sobre el lugar: un antiguo sanatorio donde, según se decía, los espíritus de los pacientes aún vagaban, atrapados entre la vida y la muerte.

La puerta principal, oxidada y medio caída, nos invitó a entrar. El crujido de las bisagras al ceder fue la primera señal de que no estábamos solas. Adentro, la oscuridad era espesa, interrumpida solo por los débiles rayos de sol que se filtraban a través de las ventanas rotas. El polvo cubría todo, creando un ambiente de silencio sepulcral.

"¿Estáis listas?", preguntó Maite, la más valiente del grupo, con una linterna en la mano.

"Nacimos listas", respondió Nany, intentando sonar segura, aunque su voz temblaba ligeramente.

Entramos en el vestíbulo, un espacio amplio y desolado. Las paredes estaban cubiertas de desconchones y grafitis. Un espejo roto, con la plata desprendida en algunos puntos, colgaba torcido en una de las paredes. Me sentí incómoda al instante. Los espejos siempre me han dado escalofríos, la idea de que algo más pueda estar mirándome desde el otro lado.

Empezamos a explorar. Cada habitación era un reflejo de la anterior: camas oxidadas, mesas de noche destrozadas, restos de lo que alguna vez fueron pertenencias personales. En una de las habitaciones, encontramos un diario. Las páginas, amarillentas y frágiles, estaban llenas de una letra temblorosa. Relataba la historia de una paciente, una mujer atormentada por visiones y pesadillas. En la última entrada, la mujer describía cómo veía su reflejo en el espejo, pero no era ella. Era otra persona, con una sonrisa maliciosa y ojos vacíos.

La lectura del diario nos heló la sangre. La atmósfera se hizo más pesada, la oscuridad más profunda. Empezamos a escuchar ruidos: pasos en el piso de arriba, susurros, un leve rasguño en la pared.

"Deberíamos irnos", dijo Ana, la más sensata del grupo.

"Tonterías", respondió Maite, con una sonrisa desafiante. "Solo son nuestros nervios".

Continuamos explorando, pero la sensación de ser observadas se intensificó. En cada espejo que encontrábamos, sentía la mirada de algo, una presencia invisible que nos acechaba. En un pasillo, vimos un espejo grande y antiguo. Me negué a acercarme, pero Maite, desafiante como siempre, se plantó frente a él.

"¿Ven algo?", preguntó, con una sonrisa.

Ana y Nany se acercaron, curiosas. Yo me quedé atrás, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. De repente, la sonrisa de Maite se borró. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de terror.

"¡No... no soy yo!", susurró, con la voz ahogada.

En el espejo, su reflejo sonreía, una sonrisa amplia y grotesca, con unos ojos que no eran los suyos. La imagen se movía, se retorcía, como si intentara salir del espejo. Ana y Nany gritaron, aterrorizadas.

Intentamos sacar a Maite de allí, pero era como si estuviera pegada al espejo. Sus manos se aferraban a él con fuerza, sus ojos fijos en su reflejo. De repente, el reflejo extendió una mano, una mano pálida y huesuda, y la agarró. Maite gritó, un grito desgarrador que resonó por todo el edificio.

La imagen en el espejo se distorsionó, se volvió borrosa, y luego, desapareció. Maite también desapareció.

Ana y Nany, en estado de shock, corrieron hacia la salida. Yo, paralizada por el miedo, me quedé unos segundos más, mirando el espejo. La superficie estaba lisa, vacía. Pero sentí una presencia, una mirada fría y penetrante que me observaba desde el otro lado.

Corrí tras mis amigas, sin mirar atrás. Nunca más volví a acercarme a un espejo. Y cada vez que veo uno, siento la mirada de Maite, atrapada en el reflejo, esperando.

 

Marian

Sábado 17 de Enero del 2026




 


   

 
 
 

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