La casa de los suicidios

 

Recuerdo la noche como si fuera ayer. Una fuerte tormenta envolvía el pueblo, haciéndolo parecer un escenario sacado de una película de terror. La casa se alzaba imponente contra el cielo nocturno, una silueta oscura y amenazante. La madera crujía bajo nuestros pies mientras nos adentrábamos en su interior, el olor a humedad y polvo impregnaba el aire.

Maite, siempre la más valiente, encendió una linterna. El haz de luz danzaba sobre las paredes desconchadas, revelando muebles tapados con sábanas y telarañas. Javier, con su cámara, documentaba cada rincón, cada detalle macabro. Yo, sentía un escalofrío recorrer mi espina dorsal.

La casa, abandonada durante décadas, era conocida por los lugareños como "La Casa de los Suicidios". Las historias sobre ella eran escalofriantes: almas atormentadas, presencias oscuras, susurros en la noche. Éramos un grupo de amigos, atraídos por lo desconocido, por la adrenalina de lo prohibido. Éramos jóvenes, imprudentes, y creíamos que éramos invencibles.

La oscuridad era densa, casi palpable. La linterna de Maite apenas lograba romperla, creando sombras grotescas que bailaban en las paredes. Cada sonido, cada crujido, nos hacía saltar. La tensión era palpable, un hilo invisible que nos conectaba a todos.

Exploramos la casa durante horas, sin encontrar nada fuera de lo común. Hasta que llegamos al sótano. La oscuridad era absoluta, la linterna apenas lograba penetrar la negrura. Un silencio sepulcral nos envolvió, un silencio que parecía susurrarnos secretos inconfesables.

Entramos en el salón principal. El mobiliario estaba cubierto de polvo, como si el tiempo se hubiera detenido. Un piano de cola, con las teclas amarillentas, se alzaba en un rincón. La imagen de un espejo roto en la pared, reflejaba una imagen distorsionada de nosotros mismos.

Javier, siempre el más escéptico, comenzó a burlarse de las historias. "Tonterías", decía, "solo son leyendas urbanas". Pero incluso él, con su cinismo, parecía inquieto. Su cámara, que antes capturaba cada detalle con entusiasmo, ahora temblaba en sus manos.

De repente, un ruido. Un golpe seco, como si algo pesado cayera en el piso de arriba. Maite y yo nos miramos, el miedo reflejado en nuestros ojos. Javier, con la cámara en alto, se dirigió hacia las escaleras.

"Vamos", dijo, con la voz temblorosa.

Subimos las escaleras lentamente, cada escalón crujiendo bajo nuestros pies. La oscuridad se hacía más profunda, más opresiva. El olor a humedad y polvo se intensificaba, mezclándose con un extraño aroma a putrefacción.

Llegamos al rellano. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Javier, con la linterna, iluminó la primera puerta. La abrió lentamente. La habitación estaba vacía, excepto por una cama deshecha y un armario. En la pared, una mancha oscura, como si alguien hubiera intentado borrar algo. Javier se acercó, examinando la mancha con curiosidad.

De repente, un susurro. Un murmullo ininteligible que parecía provenir de la nada. Nos quedamos paralizados, el corazón latiendo con fuerza en el pecho.

"¿Quién está ahí?", preguntó Javier, con la voz ahogada.

El susurro se intensificó, convirtiéndose un coro de lamentos. La temperatura bajó bruscamente. Sentí un frío helado que me calaba los huesos.

Maite, con los ojos desorbitados, retrocedió. "Tenemos que irnos", susurró.

Pero era demasiado tarde. La puerta se cerró de golpe, atrapándonos en la habitación. La oscuridad nos envolvió por completo. Comencé a sentir una presencia, algo que me observaba, que me acechaba. Una sensación de pánico me invadió. La oscuridad se convirtió en mi peor pesadilla.

Grité, intentando encontrar la salida, pero mi voz se ahogaba en el silencio. Sentí un roce en mi brazo, una mano fría que me agarraba. Intenté liberarme, pero era inútil. La mano me arrastraba hacia la oscuridad. Grité de nuevo, con todas mis fuerzas. Entonces, la luz. La linterna de Maite, que había caído al suelo, se encendió de nuevo. La habitación estaba vacía. Javier y Maite estaban allí, pálidos y temblorosos.

"¿Qué... qué pasó?", preguntó Javier, con la voz entrecortada.

No lo sé. Solo sé que sentí terror, un terror que me dejo inmóvil.

Salimos corriendo de la casa, sin mirar atrás. La tormenta había amainado, pero la oscuridad aún nos perseguía. Nunca más volvimos a ser los mismos. La Casa de los Suicidios nos había dejado una cicatriz imborrable. La oscuridad, el miedo, la sensación de ser observados, nos acompañarían para siempre.

Y cada noche, cuando cierro los ojos, aún puedo escuchar los susurros.

 

Marian

Miércoles 22 de Octubre del 2025

 

 

 

 

 

 

 

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