| El
eco del lobo de la Laguna de los Peces
La Laguna de los Peces dormía bajo un cielo gris, encajada entre
montes que parecían gigantes vigilantes. El aire era frío incluso en
verano, y el silencio tenía un peso antiguo, como si allí el tiempo
caminara más despacio. Los pocos visitantes que subían hasta la
laguna siempre comentaban lo mismo: hay algo en este lugar que te
observa, aunque nadie sabía decir qué era.
Aquella tarde, Héctor, un fotógrafo de naturaleza, había llegado con
la intención de capturar la luz del atardecer sobre el agua. Había
escuchado historias, rumores, leyendas… pero nunca les había dado
importancia. Para él, Sanabria era simplemente un paisaje hermoso y
salvaje.
Montó su trípode cerca de la orilla. El viento soplaba desde las
montañas, arrastrando un olor a tierra húmeda y a pino. El agua
estaba quieta, demasiado quieta. Héctor ajustó la cámara, pero algo
lo hizo detenerse: un sonido grave, profundo, como un gruñido
lejano.
Se giró.
Nada.
Solo el bosque, oscuro y espeso, extendiéndose como una muralla
natural.
Volvió a la cámara, pero el gruñido se repitió, esta vez más cerca.
Héctor sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era un perro.
No era un lobo normal. Era algo… distinto.
El viento se detuvo de golpe.
Y entonces lo vio.
Una figura salió entre los árboles, caminando sobre dos piernas,
pero con la silueta inconfundible de un lobo. Alto, musculoso,
cubierto de un pelaje gris oscuro que brillaba con la luz del
atardecer. Sus ojos eran amarillos, casi dorados, y lo observaban
con una mezcla de curiosidad y advertencia.
Héctor retrocedió un paso, pero no huyó. La criatura tampoco avanzó.
Se quedaron mirándose, como dos animales que intentan descifrar si
el otro es peligroso.
El hombre lobo inclinó la cabeza, como si evaluara al intruso.
—No deberías estar aquí al caer la noche —dijo con una voz profunda,
casi humana.
Héctor sintió que el corazón se le detenía. No sabía si correr, si
hablar, si cerrar los ojos y esperar que todo fuera un sueño.
—¿Qué… eres? —logró murmurar.
La criatura se acercó un poco, sin agresividad, pero con una
presencia que imponía respeto.
—Soy lo que queda de Tadeo, el antiguo guardián de estas montañas
—respondió—. Hace siglos, la laguna me ofreció fuerza para proteger
a los míos. Pero la fuerza siempre tiene un precio.
Héctor tragó saliva. El hombre lobo parecía más triste que feroz.
—¿Proteges la laguna? —preguntó.
—Protejo lo que vive en ella… y lo que duerme bajo sus aguas —dijo
el ser, mirando hacia el centro del lago—. Hay cosas antiguas aquí.
Cosas que no deben despertar.
El cielo empezó a oscurecerse. Las nubes se movían rápido, como si
huyeran de algo invisible.
—Esta noche no es segura —añadió el hombre lobo—. La laguna está
inquieta.
Héctor miró el agua. Pequeñas ondas se formaban en la superficie,
aunque no había viento. Algo se movía debajo. Algo grande.
—Debes irte —ordenó el guardián—. No todos los espíritus del agua
son benevolentes.
Héctor recogió la cámara con manos temblorosas. El agua empezó a
burbujear, como si algo ascendiera desde el fondo. El hombre lobo
dio un paso adelante, interponiéndose entre Héctor y la laguna.
—¡Corre! —rugió.
Héctor obedeció. Corrió por el sendero, sin mirar atrás, mientras el
rugido del guardián resonaba entre las montañas. El aire vibraba, la
tierra temblaba, y el lago parecía despertar de un sueño profundo.
Cuando llegó al coche, jadeando, escuchó un último aullido. No era
un aullido de amenaza. Era un aviso. Un recordatorio.
La laguna tenía un guardián.
Y esa noche, había tenido que luchar.
Desde entonces, Héctor nunca
volvió a la Laguna de los Peces al atardecer. Pero cada vez que veía
sus fotos, recordaba aquellos ojos dorados y la voz grave que le
había salvado la vida.
Y sabía que, en algún lugar entre los pinos, el guardián seguía
vigilando...Continua
Marian
Domingo 23 de
Agosto del 2026 |