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Las cinco amigas y la
sombra de Rumanía
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Cinco amigas —Laura, Sofía,
Marta, Elena y Clara— llevaban años soñando con viajar juntas. Cuando
encontraron una oferta para recorrer los castillos de Rumanía, no lo
dudaron ni un segundo. Les fascinaban las leyendas de vampiros, los
bosques oscuros y los misterios de Transilvania. Les atraían los
castillos antiguos, las montañas de los Cárpatos.
Al llegar, todo parecía perfecto. Visitaron el castillo de Bran,
caminaron por calles medievales y tomaron cientos de fotografías. Sin
embargo, una noche, mientras cenaban en una aldea cercana a
Cluj-Napoca, una anciana se acercó a su mesa.
—No entren en el Bosque de Hoia—les dijo con voz temblorosa—. Hay cosas
allí que no pertenecen a este mundo. Allí los árboles recuerdan a los
muertos.
Las amigas se miraron y sonrieron. Pensaron que era una historia para
turistas.
Dos días después, decidieron visitar aquel bosque famoso por sus
fenómenos extraños. El lugar era inquietante: los árboles se retorcían
en formas imposibles y reinaba un silencio absoluto, el silencio
resultaba inquietante. Ni pájaros, ni insectos. Nada.
Mientras avanzaban entre la niebla, Clara descubrió una pequeña muñeca
de madera apoyada colgada sobre un árbol. Tenía los ojos pintados de
rojo.
—Seguro que alguien la ha dejado para asustar turistas —dijo .—Qué
macabro —dijo riendo mientras la fotografiaba.
—Seguro que alguien la ha dejado para asustar a los turistas —dijo,
guardándola en su mochila.
En ese instante, sintieron un viento helado. El bosque quedó
completamente inmóvil.
En ese mismo instante, una ráfaga de aire helado recorrió el bosque.
Y el camino desapareció.
Miraran donde miraran, solo veían árboles.
—Esto no tiene gracia —murmuró Elena—.¿Por dónde hemos venido?
—preguntó Marta, nerviosa.
Nadie lo sabía.
El sol comenzó a ponerse y una niebla espesa cubrió el bosque. Entonces
comenzaron los pasos.
Lentos.
Pesados.
Detrás de ellas.
Las amigas aceleraron el paso. Los sonidos también. No eran los suyos.
Las cinco aceleraron el ritmo. Los pasos también.
Cada vez estaban más cerca.
De repente distinguieron una figura negra entre los árboles. Era tan
alta que parecía tocar las ramas con la cabeza.
No tenía rostro, pero
ellas sentían que las observaba. Elena gritó y todas echaron a correr.
Corrieron desesperadas hasta encontrar una vieja cabaña abandonada.
Entraron y atrancaron la puerta.
—¿Habéis visto eso? —susurró Sofía.
Nadie respondió.
Entonces escucharon tres golpes en la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Después, silencio.
Y una voz muy suave:
—Devolvedme la muñeca...
Las amigas miraron a Clara. La muñeca seguía en su mochila.
Temblando, la sacó y la dejó junto a la puerta.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Antes de que pudiera decir nada. La puerta se abrió sola, la muñeca
abrió lentamente los ojos.
Las cinco gritaron. La muñeca desapareció.
Afuera no había nadie.
Pero en el suelo aparecieron unas huellas húmedas que se adentraban en
el bosque.
Las amigas huyeron sin mirar atrás. Milagrosamente encontraron una
carretera y regresaron al hotel.
Aquella noche apenas durmieron.
A la mañana siguiente revisaron las fotografías del viaje. En todas las
imágenes tomadas en el bosque aparecía la misma figura oscura detrás de
ellas.
En todas menos en una.
La última fotografía mostraba a las cinco amigas frente a la cabaña.
Y detrás de la cámara, reflejada en una ventana rota, aparecía una
sexta persona observándolas.
Una mujer anciana. La misma que les había advertido en el pueblo.
Según el recepcionista del hotel, aquella anciana había muerto hacía
más de treinta años. Y sonriendo.
Leyenda rumana
Los habitantes de la zona aseguran que el Bosque Hoia Baciu está
habitado por los espíritus de personas desaparecidas. Una antigua
leyenda cuenta que una pastora entró en el bosque con doscientas ovejas
y jamás regresó. Desde entonces, algunos visitantes afirman ver figuras
sin rostro entre la niebla y escuchar voces que los llaman por su
nombre. Quienes responden a esas voces, dicen, nunca encuentran el
camino de vuelta.
Marian
Domingo 23 de Agosto del 2026
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