~ El
Umbral de la Almadraba ~
El sol descendía sobre la playa de la Almadraba con
una luz que parecía recordar algo. No era un atardecer cualquiera:
tenía ese tono dorado que solo aparece cuando el mundo está a punto de
decirte un secreto. Marian caminaba despacio por la orilla, sintiendo
cómo la arena se hundía bajo sus pies como si quisiera reconocerla
después de tantos años.
Había venido para reencontrarse con Jana.
Años sin verse. Años en los que la vida había
cambiado, en los que el silencio había guardado recuerdos, en los que
el corazón había aprendido a convivir con ausencias.
La vio a lo lejos, de pie, mirando el horizonte.
Jana tenía esa postura que mezcla nostalgia y fuerza, como si el mar le
hablara y ella supiera escucharlo. Cuando Marian se acercó, Jana giró
la cabeza y sus ojos se iluminaron.
—Marian… —dijo, con una sonrisa.
—Jana… —respondió ella, sintiendo cómo algo dentro
se acomodaba, como si una pieza perdida volviera a su sitio.
Se abrazaron largo, profundo, como si el tiempo se
disolviera entre sus brazos.
Y entonces, el viento cambió.
Una brisa más intensa sopló desde el mar,
levantando un remolino de arena que brilló con la luz del atardecer.
Las dos se separaron, sorprendidas, mirando cómo la arena parecía
danzar en el aire.
Y de ese remolino surgieron dos figuras.
Kyra llegó primero, como un torbellino de vida.
Saltó entre las olas, corrió hacia ellas, movió la
cola con esa energía desbordante que siempre había tenido. Su cuerpo
parecía hecho de luz y agua, pero era tan real que la arena se
levantaba bajo sus patas.
—Kyra, mi niñaaa —susurró Marian, con la voz
quebrada.
Llegó a ella y la empapó de agua, como
hacía siempre, como si el tiempo no existiera. Marian rió entre
lágrimas.
—Sigues igual de terremoto… —le dijo, acariciando
su cabeza.
Kyra ladró suave, como si respondiera: ¿Cómo iba a
cambiar?
Detrás de ella, avanzando con calma, llegó Daco.
Sereno, noble, con esa mirada profunda que siempre
transmitía paz. Caminaba hacia Jana como si cada paso fuera un gesto de
amor.
Jana cayó de rodillas antes de que él llegara.
—Mi niño… —susurró, extendiendo las manos.
Daco apoyó su cabeza en su regazo, despacio, con
esa delicadeza que siempre tuvo. Jana lo abrazó, sintiendo esa calma
que él irradiaba incluso ahora, incluso desde ese lugar donde descansan
las almas buenas.
—Pensé que no volvería a verte… —dijo Jana, con
lágrimas silenciosas.
Daco levantó la mirada y, por un instante, habló
sin palabras.
Siempre he estado contigo.
Kyra se acercó a ambos, inquieta, moviendo la cola
como si quisiera que el mundo entero siguiera jugando. Marian se sentó
en la arena y Kyra apoyó su cabeza en su pierna, mirándola con esos
ojos llenos de vida.
—¿Dónde habéis estado? —preguntó Marian, sin saber
si esperaba respuesta.
El mar avanzó un poco más, tocando las patas de
ambos, como si también quisiera participar. Y entonces, ocurrió algo
imposible y perfecto.
Kyra levantó la cabeza y habló.
No con palabras humanas, sino con una voz que se
escuchaba dentro del corazón.
—Aquí —dijo su mirada—. Siempre aquí. En cada
recuerdo, en cada risa, en cada paso que disteis sin nosotr@s. No nos
fuimos. Solo cambiamos de sitio.
Daco movió la cola una sola vez, despacio,
confirmando cada palabra de Kyra.
Jana miró a Marian, con los ojos llenos de luz.
—La Almadraba… —susurró Marian—. Es un puente.
Jana asintió.
Lo sentía en la piel, en el aire, en el mar.
La playa vibraba con una energía antigua, como si
fuera un lugar donde los mundos se tocaban, donde el amor era más
fuerte que la muerte.
Kyra se levantó de golpe, inquieta, torbellino puro.
—¿Quieres jugar? —parecía decir, corriendo hacia la
orilla.
Marian rió y se levantó, corriendo detrás de ella.
Jana se quedó con Daco, acariciándolo, hablándole en voz baja.
—Eras tan bueno… tan tranquilo… tan mío… —le decía,
y Daco cerraba los ojos, disfrutando de cada palabra.
Kyra corría entre las olas, saltando, chapoteando,
moviendo la cola como si el mar fuera un viejo amigo. Marian la seguía,
sintiendo que el corazón le latía como hacía años que no lo hacía.
—Eres igual que siempre —le dijo—. Mi torbellino.
Kyra ladró, feliz.
Cuando regresaron hacia Jana, el cielo ya estaba
teñido de rosa y oro. Las cuatro figuras —dos humanas, dos eternas— se
reunieron en la arena.
—¿Podéis quedaros? —preguntó
Marian, con la voz
temblorosa.
Daco levantó la cabeza y miró el horizonte.
Kyra se acercó a Marian y apoyó su frente en la
suya.
Y ambas escucharon la respuesta, clara, luminosa:
“Mientras nos recordéis, estaremos aquí.
Mientras exista la Almadraba, podremos volver.
Mientras exista el amor, nunca estaremos lejos.”
Kyra y Daco caminaron hacia la orilla, donde la
espuma brillaba como plata. Jana y Marian los observaron, con lágrimas
y sonrisas mezcladas, sabiendo que ese instante quedaría grabado para
siempre. Y cuando los dos se fundieron con la luz del
horizonte, la playa quedó en silencio, pero no vacía: quedó llena de
ellos, de su presencia, de su amor, de su eternidad.
El mar avanzó una última vez, envolviendo a Kyra y
Daco en una luz plateada.
No
fue despedida. Fue promesa.
"A la memoria de Kyra
y Daco, nuestros mas fieles compañeros. Siempre estaréis en nuestros corazones"
Marian
Lunes
14 de septiembre del 2026
|