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El Día en que el
Viento Guardó Nuestros Nombres
A veces, cuando
pienso en Cambrils, no recuerdo primero el mar ni las calles que
conocía de memoria. Lo que vuelve a mí con más fuerza es el sonido de
cuatro patas corriendo sobre la tierra, dos tonos distintos de
respiración alegre, y las risas de Jana y mías mezclándose con el
viento.
Era el día de la
excursión al Niu de l’Àguila, un día que ahora vive en mi corazón como
un pequeño santuario.
Daco iba delante,
con ese trote elegante que siempre parecía coreografiado. Su pelaje
gris plata brillaba bajo el sol como si estuviera hecho de luz. Kyra,
más impulsiva, más torbellino, le seguía de cerca, adelantándole a
veces solo para girarse y mirarle, como diciendo: “Vamos, que hoy el
mundo es nuestro.”
Jana caminaba a mi
lado, con la mochila al hombro y esa sonrisa tranquila que siempre me
hacía sentir que todo estaba bien.
—Hoy están
especialmente felices —me dijo, mirando a los dos weimaraners que ya
exploraban el sendero.
—Saben que este
sitio es especial —respondí, aunque en realidad creo que eran ellos
quienes hacían especial cualquier lugar.
El camino hacia el
Niu de l’Àguila tenía ese encanto salvaje que solo poseen los rincones
secretos. La tierra olía a pino y a sol, y el aire traía un murmullo
lejano del mar, como si Cambrils nos acompañara incluso allí, entre
rocas y cielo.
Kyra se detuvo de
pronto, levantando la cabeza. Sus ojos, siempre tan expresivos,
parecían decirme algo.
—¿Qué pasa,
princesa? —le pregunté.
Daco también se
acercó, olfateando el aire.
—Creo que han
encontrado su propia ruta —rió Jana.
Los seguimos. Ellos
avanzaban con esa seguridad instintiva que tienen los perros cuando
sienten que están en su lugar. Y entonces, apareció ante nosotras el
mirador natural del Niu de l’Àguila.
El mundo se abría
allí, vasto y luminoso. El viento soplaba fuerte, pero no frío; era un
viento que parecía querer llevarse nuestras preocupaciones y dejarnos
solo con lo esencial.
Kyra se sentó a mi
lado, apoyando su cabeza en mi pierna.
Daco se tumbó junto
a Jana, mirando la altura tan impresionante que tenia , el Niu de
l’Àguila
—Mira esto —susurró
Jana—. Parece que el cielo nos ha preparado un regalo.
Yo asentí, sintiendo
que algo dentro de mí se acomodaba, como si hubiera encontrado su sitio.
Nos quedamos allí
largo rato, sin prisa. Hablamos de la vida, de los sueños, de lo que
queríamos hacer. Los perros escuchaban, o al menos eso parecía. Kyra y
Daco metidos en el agua, disfrutando como ellos solo sabían hacer, a
veces Kyra levantaba la cabeza y me miraba como si supiera que ese día
sería uno de esos que se guardan para siempre. Al final todos
terminamos en el agua.
Cuando emprendimos
el camino de vuelta, el sol empezaba a caer. Las sombras se alargaban y
el aire se volvía más suave. Daco corría delante, Kyra detrás, y Jana y
yo caminábamos en silencio, sintiendo que algo mágico había ocurrido
sin necesidad de palabras.
Hoy, cuando cierro
los ojos, los veo.
A los dos.
Corriendo libres.
Felices.
Eternos.
Kyra ya no está
conmigo, y Daco tampoco está con Jana. Pero en mi memoria siguen siendo
luz, viento y movimiento. Y aquella excursión al Niu de l’Àguila se ha
convertido en un lugar al que vuelvo cuando los extraño, cuando quiero
sentirlos cerca, cuando necesito recordar que hubo un día en que el
mundo era perfecto porque ellos estaban en él.
A veces creo que el
viento de Cambrils aún guarda sus nombres.
Y cuando sopla
fuerte, cuando me acaricia la cara como lo hacía Kyra con su hocico, sé
que siguen conmigo, que siguen corriendo por algún sendero que no puedo
ver, pero que sí puedo sentir.
Para Jana, y para la
memoria de Kyra y Daco
Hay amistades que no
se explican con palabras, sino con momentos que se quedan suspendidos
en el tiempo. La tuya, Jana, es una de esas amistades que se sienten
como un hogar. Y cuando pienso en nosotras, inevitablemente pienso
también en ellos: Kyra y Daco, dos almas de plata que nos acompañaron
en una etapa de la vida que aún brillan dentro de mí.
A veces cierro los
ojos y vuelvo a Cambrils. No a las calles ni al mar, sino a aquel
sendero que subía hacia el Niu de l’Àguila, donde los cuatro —tú, yo,
Kyra y Daco— éramos una pequeña tribu caminando hacia la luz.
Ellos corrían
delante, libres, felices, con esa energía que parecía decirnos que la
vida era más grande de lo que imaginábamos. Daco, con su elegancia
tranquila, y Kyra, con su alegría desbordante, eran como dos latidos
que marcaban el ritmo de aquel día.
Tú caminabas a mi
lado, Jana, con esa serenidad que siempre me ha dado paz. Recuerdo tu
risa mezclándose con el viento, recuerdo cómo mirabas a Daco con ese
amor profundo que solo se siente por un compañero de vida.
Yo miraba a Kyra y
sentía que el mundo era perfecto porque ella estaba allí, porque tú
estabas allí, porque los cuatro compartíamos algo que no se puede
repetir.
Hoy, los dos ya no
están. Pero su ausencia no es silencio: es memoria viva. Es viento que
acaricia. Es luz que vuelve cuando menos lo esperamos.
Kyra sigue conmigo
en cada paso que doy, en cada recuerdo que me toca el corazón. Daco
sigue contigo, Jana, en esa parte de tu alma donde guardas lo que más
quieres. Y juntos, siguen siendo parte de nosotras, de nuestra
historia, de esa excursión que se convirtió en un tesoro.
Este texto es para
ti, Jana. Para agradecerte tu amistad, tu presencia, tu manera de estar
en el mundo.
Y es también para
ellos, para Kyra y Daco, que nos enseñaron a amar sin medida, a caminar
sin miedo, a mirar el horizonte como si siempre hubiera algo hermoso
esperándonos. Ellos ya corren libres, en algún lugar donde el sol nunca
se apaga.
Pero cada vez que
pienso en el Niu de l’Àguila, los veo allí, adelantándose, guiándonos,
recordándonos que la vida está hecha de instantes que jamás se pierden.
Este es nuestro
homenaje. Nuestro abrazo a través del tiempo. Nuestra manera de
decirles que siguen aquí, en nosotras, en cada recuerdo que toca el
alma y la ilumina.
Marian
Sábado 29 de Agosto
del 2026
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